Todos los seres vivos, y de modo especial el ser humano nos insertamos e interrelacionamos con la naturaleza, estableciéndose entre ambos una dependencia y simbiosis. Nada ni nadie pueden sobrevivir de forma aislada. Esto se debe a que formamos parte de un todo, un universo cuántico cuyo único fin es la perpetuidad, un concepto que nuestra idea del tiempo no acaba de entender.
Somos campos de energía que contribuyen, a su vez, al mantenimiento de la energía cósmica o universal. Así que debemos ceder y absorber energía unos de otros para el mantenimiento del Todo, lo que nos lleva a conseguir energía en cada segundo de nuestra vida.
Lo que necesitamos en los alimentos es su potencial energético. Porque los alimentos son fundamentalmente energía.
El campo de energía disponible se debe al movimiento continuo de partículas subatómicas (fotones, quark), los cuales se interrelacionan entre sí constantemente creando y destruyendo materia, siendo esto la base de la existencia material.
Físicamente, las partículas materiales que necesitamos para sobrevivir son mínimas, y lo que ocurre cuando nos desnutrimos de ellas es que perdemos la concordancia en nuestro campo energético. Dicho campo de energía dependerá básicamente de nuestros procesos mentales, puesto que en realidad somos una mente que dispone de un cuerpo con el que moverse.
Del mismo modo, la desnaturalización de los alimentos, o la ingestión de otros que han perdido su potencial energético, no lograrán mantener el equilibrio energético aunque nos aporten los nutrientes que aparentemente necesitamos.
Hay otro factor que hay que tener en cuenta y es el que se refiere a la inteligencia que poseen todos los seres vivos y por tanto, los alimentos. La vida se expresa mediante el fluir permanente de la energía, pero esta se comporta por un impulso natural que apenas entendemos, un impulso inteligente.
La interrelación no es casual y los diferentes campos energéticos buscan su homólogo, o su complementario; necesitan fundirse con algo o alguien.
Los alimentos no poseen una forma, sabor, olor y color aleatorios. Están diseñados mediante un proceso inteligente imposible de cuantificar, constituyendo el conjunto de sus elementos lo que denominamos personalidad. Si fundimos cada alimento y su personalidad con aquellas zonas del nuestro cuerpo que vibran de forma similar, conseguiremos armonizar nuestro campo energético. Y una vez conseguido y mantenido, la enfermedad tendrá pocas posibilidades para instaurarse, siendo la salud nuestro estado natural y lógico.